jueves, 22 de enero de 2026

Aprender a Vivir

No recuerdo el momento exacto en que mi vida se partió, pero sí recuerdo cómo todo dejó de tener el mismo peso. Desde que Bautista murió, el tiempo se volvió extraño. Los días siguieron pasando, pero yo no avanzaba con ellos. Era como mirar el mundo desde detrás de un cristal: veía a la gente vivir, reír, hacer planes, mientras yo intentaba simplemente respirar.

Bautista estuvo ocho años en mi vida. Ocho años intensos, llenos, suficientes para cambiarlo todo. No era un niño extraordinario en el sentido grandilocuente de la palabra; lo era porque amaba sin medida, porque confiaba, porque estaba presente. Su ausencia no dejó un hueco: dejó un silencio constante.

Al principio pensé que el dolor disminuiría con el tiempo. Me equivoqué. No se reduce; se transforma. Hay días en los que duele como una herida abierta y otros en los que se parece más a una cicatriz que tira al moverse. Aprendí que el duelo no se supera. Se aprende a vivir con él, o no se vive.

Escribí porque no sabía qué hacer con todo lo que llevaba dentro. No escribí para enseñar nada, ni para ser fuerte. Escribí para no perder a mi hijo del todo. Para que su nombre siguiera existiendo fuera de mi cabeza. Para ordenar pensamientos que, de otro modo, me habrían ahogado.

Con el tiempo, empecé a notar algo incómodo: el mundo seguía. Y yo seguía en él. Me sentí culpable por los momentos de calma, por alguna risa inesperada, por descubrir que aún podía disfrutar de algo. Me costó entender que seguir viviendo no significaba olvidar. Que el amor no se cancela porque la vida continúe.

Busqué señales, no como quien espera milagros, sino como quien necesita agarrarse a algo. A veces era una coincidencia. Otras, un recuerdo repentino. Los arco iris aparecieron varias veces. No cambiaron nada, pero me acompañaron. No los vi como promesas, sino como recordatorios de que hay cosas que no entiendo y no necesito entender.

He imaginado a Bautista muchas veces. No como era al final, sino como siempre fue para mí: tranquilo, libre, sin dolor. No necesito pensar que está “en un lugar mejor” para sentir que sigue conmigo. Está en mi manera de mirar la vida ahora, en lo que ya no doy por sentado, en lo que duele y en lo que importa de verdad.

Nada volvió a ser normal. Y nunca lo será. Pero aprendí que normal no es lo mismo que vacío. Sigo siendo padre. Sigo amando a mi hijo. Eso no terminó con su muerte.

Escribiendo, conocí a otras personas rotas de una forma parecida. Entendí que el dolor compartido no se reduce, pero pesa menos. Que decir la verdad —aunque incomode— puede ayudar más que cualquier frase bonita.

No tengo respuestas. No tengo finales cerrados. Tengo una ausencia que me acompaña y un amor que no se va. Y con eso, intento vivir.

Bautista no fue solo parte de mi vida.
Cambió la forma en que entiendo todo lo que vino después.

Te amo...Mucho.

Papá

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